Monsiváis, ¿un Amor Perdido?


Carlos Monsiváis
Carlos Monsiváis

Como es natural tras la muerte de un hombre que es trascendental en el mundo cultural de un país, Monsiváis fue llorado como los cánones mandan, con bombo y platillo, con la euforia de la gente común y la parafernalia de las personalidades. No era para menos, Monsi, ubicuo y brillante, pertenecía a las pantallas, a las universidades, a las manifestaciones, a los museos, a los gatos y a las calles; lo mismo estaba en una mesa de análisis de las grandes televisoras, que en las páginas de Proceso o en los cafés al lado de sus incontables admiradores y amigos. Podía encontrársele en la madrugada, en la noche, a medio día; aparecía de pronto al apretar el control del televisor o si uno caminaba por las calles del Centro Histórico.

Así suele despedirse a los grandes imaginantes, a gritos, con discursos y  cantos. Sin embargo queda el vacío, y ante la gran ausencia preguntan aquellos que, como él,  tienen la lucidez para ver hacia adelante: ¿y ahora qué sigue, qué hay que hacer para no olvidarlo? Pregunta necesaria en una sociedad tan acostumbrada al olvido y con la certeza de que nadie es inmortal. También murió Sor Juana, Octavio Paz y Alfonso Reyes, los imaginantes son los más mortales de los seres, su muerte retumba, se vuelve dolor colectivo, abandono masivo. Creo que hay dos alternativas sobre qué hacer tras la muerte de Monsi. La primera es la oficial, la popular, a la que estamos acostumbrados, esa en la que se esculpirán monumentos al señor de los gatos, se pondrá su nombre a cátedras y auditorios, se  le nombrará en ceremonias cívicas, discursos de historiadores y políticos, y será recordado como una de los hombres que trascendieron en  nuestra sociedad.

Esta postura es inevitable. Pero, por qué no hablar de otra posibilidad, la de LEER A MONSIVÁIS, abrir los libros, conseguirlos, escuchar sus comentarios, reflexionar sobre sus múltiples observaciones sobre nosotros mismos. Sé que esto es casi una utopía, todos nombramos a Sor Juana, pero somos  pocos los hemos abierto una página con voluntad propia para leer su poesía o su teatro, como ocurre con Octavio Paz, venerado e ignorado, sumido en su Laberinto de la Soledad lejos de los ojos y el pensamiento mexicano. De Alfonso Reyes qué decir, es un escritor gigante para un público enano.

Amores perdidos, recuerdos de grandes pensadores que para la mayoría aún son sólo nombres que hay que utilizar para adornar el discurso, para ser luz en la conversación. Ojalá que no, pero Monsivaís podría terminar en el Olimpo de la literatura mexicana, cuyas letras para la gran mayoría son sólo objetos de museo.

La propuesta es que leamos a Carlitos Monsiváis, pasemos de conocerlo por la imagen de cuatro ojos regordete, a ubicarlo por el  pensamiento plasmado en su obra. Mi recomendación es el libro Amor Perdido, en el que Monsi elabora ensayos juguetones sobre distintos aspectos de nuestra historia, temas como el movimiento de 1968, los movimientos artísticos en México o la caridad de la alta sociedad durante el porfiriato. Recordemos al escritor como se debe, con sus textos en las manos. Por lo pronto mientras vemos como va desapareciendo de los noticieros, le dedico esta canción, esperando que no sea nuestro amor perdido.

Amor perdido, si como dicen es cierto que vives dichoso sin mí.
Vive dichoso, quizás sus besos te den la ternura que yo no te di.
Hoy me convenzo, que por tu parte nunca fuiste mío, ni yo para ti.
Ni tú para mí… ni yo para ti.


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